Y es que se sintió como el fin del mundo cuando la chica de la sonrisa perenne perdió su alegría y se entregó al mar de lágrimas que llevaba tiempo luchando por ahogarla.
Y el sol se escondió, y las lluvia cayó, tratando con el agua de sus gotas ocultar las de la joven, para que el mundo entero no entrara en conmoción.
Ella no era infeliz pero negar que el dolor existía fue consumiéndola día tras día.
Hasta que uno de esos días ya no lo soportó, calló de rodillas, miró al cielo y se rindió. Los pájaros la vieron caer y corriendo fueron volando hacia ella, para con sus alas hacer una barrera y ocultar la verdad de su dolor. Seguían queriendo aparentar una utopía que no era sostenible.
Y ella luchaba por sacarse las plumas de encima, que solo hacían que ahogarla más. Pataleó hasta que se le cansaron los músculos y se quedó sin fuerzas.
Y así, sin fuerzas, se estiró en el suelo, ya sin esperanzas por huir de tanta mentira.
Pero de pronto la luz llegó y a los pájaros cegó. Y no fue la luz del sol la que la ayudó, si no una estrella fugaz que decidió quedarse para alumbrar el camino a la joven. Una estrella que con ella se quedó y permitió sus lagrimas y las secó con su calor. Una estrella que esperó a que la propia tristeza desapareciera del rostro de la joven.
Una estrella que esperó
Y esperó
Hasta que la joven se levantó.

